Las redes sociales son una oportunidad estupenda para compartir nuestras cosas y nuestras noticias con las personas que conocemos. No vamos a llamarlos amigos, aunque lo quiera Mark Zuckerberg, porque ya sabemos que ‘amigos’ es otra cosa. Pero como decía una compañera, Facebook es “el Hola de nuestros allegados” y allí todo es fantástico y estupendo. Somos los mejores, llenamos el muro de fotos de vacaciones, de “buenas compañías” y de comilonas aparentes. Y de niños, muchos niños y perros, porque son muy monos y todo queda muy ‘cute’.

Pero a esos a los que etiquetamos muchas veces no les pedimos permiso. Ni siquiera les reconocemos que tienen derecho a eso que tenemos los mayores: a la propia imagen y al buen nombre. Nos hemos acostumbrado tanto a hacer nuestra vida tan visible que no pensamos en qué consecuencias va a tener más adelante no defender la privacidad de los menores.

Y es que esas fotos tan monas del niño/a lleno de churretes o cayendo por alguna parte igual a el o a ella no le hace tanta gracia cuando tenga algunos años más. Como que compartamos su disfraz de carnaval, o sus fiestas infantiles o el destino de vacaciones que tanto odiaba. Por no hablar de otros casos más graves. Alerta, también tienen derecho a su imagen y somos los mayores quienes lo estamos vulnerando.

La reflexión viene al hilo de varias cosas. En estos dos últimos días, ha habido en Barcelona una movilización sin precedentes por el caso de Martina, una adolescente de 16 años que una mañana no llegó a la escuela. Ni al colegio ni al médico. Tras la angustia inicial de no saber si alguien la podía haber raptado o algo peor, los padres encontraron una nota en la que anunciaba que se había ido, que estaría bien y que “gracias por aguantarme tantos años”.

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Es fácil imaginar la desesperación de los padres, la preocupación de sus profesores y compañeros, y de los padres de sus amigos y sus amigos. Y por tanto, que usaran Twitter y Facebook y todo lo que tuvieran a mano para difundir su foto y pedir a todo el mundo si la había visto. Y gracias a ello, la niña ha aparecido sana y salva, 36 angustiosas horas después.

Pero esas mismas redes sociales también han servido para difundir detalles que no debieron haber salido de la intimidad de cada uno. Detalles de salud, de tragedias familiares, de tratamientos, algunos de ellos falsos. ¿A quién le importaban, más allá del patio de comadres elevado a categoría global? ¿Con qué cara vuelve una adolescente tímida a su colegio cuando todo el mundo -los que la conocen y las que no- saben un montón de cosas de su vida hasta hace poco anónima?

¿Alguien pensó en ellos? ¿La madre, cuando en su desesperación por saber dónde está su hija, explica detalles y lee la nota que ella deja? Seguramente es la más disculpable. ¿O los periodistas, nada desesperados, que sacan provecho informativo para presumir de su pericia? De verdad, ¿hace falta que a veces publiquemos todo lo que sabemos? ¿O no estamos mejor callados tras valorar a quién va a beneficiar todo eso? Y quien dice periodistas, dice cualquier ciudadano con cuenta social y un móvil a mano presto a difundir lo que le ha llegado dios sabe por dónde.

Martina ha vuelto y todos estamos muy contentos. Sirva su historia de reflexión sobre cómo usamos estas redes, para qué y a quién perjudicamos. Y para recordar que los menores tienen derechos y que los mayores no somos quiénes para vulnerarlos. Este ha de ser nuestro legado: el derecho sobre su intimidad.

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(Os dejo mi aportación sobre esto junto a expertos del Consell Audiovisual de Catalunya, la Taula per la Infància i la Joventut y la Autoritat Catalana de Protecció de Dades, en la asociación de profesores Rosa Sensat)

Taula rodona: la publicitat i les xarxes socials vulneren els Drets de l’Infant? from Rosa Sensat on Vimeo.

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